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La promesa...

Enviado por Kata el 26/04/2008 a las 08:19 PM
"Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer. nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la condición de hijos adoptivos. I como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espiritu de su Hijo,que clama: "Abba, Padre" De suerte que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo. eres tambien heredero por la gracia de Dios". (Gal 4,4) Este texto nos recuerda que, gracias a la misión redentora de Jesús, nosotros hemos adquirido la condición de hijos adoptivos de Dios. ¡Que maravilloso regalo de año nuevo! Redescubrir que Dios me ama como a una hija, Él, todo un Padre perfecto y bondadoso se ocupa de mí en todo momento. Más aún, se ha encargado de llenarme con su Espíritu de amor y sabiduría que me permite reconocerlo como un papá, no uno lejano y autoritario, rencoroso y castigador, sino como uno amoroso, cercano, disponible y atento a mis necesidades.
Cuando un hijo llega al seno de una familia ideal, el padre se encarga de prepararse para su nacimiento, busca una alcoba o un sitio especial que adorna con esmero y con todo lo mejor que puede dar, luego, mientras crece, le acompaña en cada paso, le enseña como escribir, montar en bicicleta y como amar. Durante la adolescencia le aconseja, le guía e instruye a partir de su experiencia, él conoce el mundo y ayuda a su hijo a conocerlo, enfrentarlo y, aún, a mejorarlo. Pero, sabiendo que la vida se acaba, el padre dispone todos los detalles para dejar a su hijo una herencia, en primer lugar se ocupa de lo importante: que sepa vivir bien, por eso le preocupa que estudie, que se labre un futuro a partir de un oficio o una profesión, le enseña como comportarse de manera recta y justa, le ayuda a reconocer lo bueno y lo malo para que siempre sepa decidir y, si está dentro de sus posibilidades, se preocupa por lo económico y destina dinero, propiedades, negocios o cualquiera de sus pertenencias para que, cuando falte, le ayuden a su hijo a construir su propio camino.
Ese es el amor de un padre humano, que aún sabiendo que es mortal, se preocupa por favorecer a su hijo aún cuando ya no pueda acompañarlo corporalmente. Y así, también el amor de Dios. Ese amor que previene todo lo que puedan requerir sus hijos, por eso nos deja su Palabra, envía a su Primogénito a pagar las deudas de nuestros pecados, nos llena con su Espíritu Santificador para que nos guíe a cada paso y dispone de todas sus riquezas para que vivamos como sus verdaderos hijos. Los hijos de Dios, del Rey de Reyes, del Señor de Señores, del Dueño del oro y la plata y de todo cuanto existe deben vivir en abundancia. Él ya nos ha hecho sus herederos. Es nuestro deber disfrutar de esta herencia de la mejor manera para complacerlo y hacerlo sentir orgulloso de nosotros.
Por eso, la pobreza es una afrenta a Dios. Todas las riquezas deberían ser distribuidas entre sus hijos de manera justa. Nadie debería tener hambre, ni sed, ni frío, ni andar desnudo, o sin salud. Pero no es su responsabilidad sino nuestra hacer de esta promesa una realidad, porque Él ya cumplió, pero nosotros no hemos sabido encontrar la forma de hacer que esa promesa fluya para darnos la libertad de vivir con todas las necesidades del cuerpo satisfechas y así poderlo seguir para alcanzar la riqueza espiritual. El dinero y las riquezas materiales son necesarias, pero pasajeras y Él ya dispuso todo en el banco del universo para que cuanto necesite uno de sus hijos le sea concedido. Es tiempo ya de hacernos cargo de nosotros mismos y reclamar esa herencia, la herencia del oro y la plata, pero sobre todo, la herencia de su gracia y su bendición.






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